lunes, 18 de enero de 2016

Bolivia XIV. Fin de año, salado, en el fin del mundo.

Para las que las navidades no son una de las mejores épocas del año, pasar parte de ellas en un lugar remoto, y con un cierto aire atemporal, es un regalo. Si este lugar además posee la belleza del Parque Nacional Eduardo Avaroa o el Salar de Uyuni, el regalo se convierte en un privilegio.


¡Bienvenido 2016!
Tras varios consejos, que resultaron ser bastante acertados, nos animamos a iniciar el recorrido hacia Uyuni desde la linda y árida Tupiza. Una localidad en mitad de un desierto cerca de la frontera con Argentina. Desde que llegamos a ella pasamos los días bordeando fronteras, pues Argentina, Chile y Bolivia se rozan a escondidas en esta zona.

Hay pocas opciones de realizar el trayecto por tu cuenta, así que no nos quedó más remedio que hacer un tour en jeep, con otras viajeras o turistas. Tuvimos bastante suerte con el chofer, pues además de ser prudente con el carro, nos deleitó con un banda sonora bastante variada, aunque no faltó algún tema de Enrique Iglesias…


Jamás me habría imaginado que me iba a acostumbrar a ver llamas y vicuñas en mitad de un altiplano, jamás habría pensado que existe un tipo de avestruz andino, ni una especie de cangurillo llamado vizcacha. No pensé que el flamenco que vimos en las islas Galápagos pudiera habitar este lugar de temperaturas extremas. No contaba con que el deseado cóndor se fuera a aparecer en medio de aquella aridez como diciéndonos “aquí estoy yo”. Y aunque ver animales salvajes genera una emoción muy linda, los paisajes de esta zona tuvieron el protagonismo los últimos días del 2015 y primeros del 2016.

 
 
 





El Parque Nacional Avaroa es una especie de desierto, casi siempre por encima de los 4000 metros, de origen volcánico, y plagado de minerales. Por eso la tierra tiene unos colores que, si viéramos uno de aquellos paisajes retratado en un cuadro, nos parecería de mentira. Pero la realidad es que los tonos se mezclan de una forma mágica y no hay fotografía que haga justicia a su belleza. No en vano uno de los paisajes se llama “El desierto de Dalí”.

 
 
 

Las pocas comunidades que hay en la zona provocan una mezcla de sensaciones, por un lado desasosiego, las condiciones de aislamiento y su climatología aseguran una dureza extrema, por otro lado el aire puro y la sensación de estar en el lugar donde nació la tierra te cargan de energía positiva. Dormíamos en ellas al final de jornadas agotadoras en el carro que se llevaban algo mejor gracias a la coca, amiga íntima aquellos días. La noche de fin de año dormimos en Quetena Chico, y mientras tratábamos de comer nuestro sucedáneo de uva (maní recubierto de chocolate) un perro mordisqueaba la cabeza de un animal, inocentemente pensamos que sería una oveja, al final constatamos que era de una llama. Aquella noche nos acostamos cerca de las 9, total, en España ya era 2016 y aquí el tiempo lleva siglos detenido.

Los dos primeros días del 2016 se sucedieron entre lagunas de mil colores, pues los minerales las pintan a su antojo y el sol y el viento se encargan de cambiarle la tonalidad a cada segundo completando el espectáculo. La laguna blanca, con cantidad de bórax, abastece a la verde, rica en arsénico.
La laguna colorada tiene cantidad de tiza, pero son las algas las que le dan ese color artístico y sirven de alimento a los flamencos de la misma.
Laguna verde y Licancabur

Las montañas eran otro espectáculo, aquella de allá es mitad boliviana mitad argentina, la de más allá es boliviana argentina y chilena, y el hermoso Licancabur tiene pasaporte chileno y boliviano. ¡Mira, aquella de allá tiene fumarolas! ¡Y aquella nieve! ¡Qué lugar! ¡Y qué te parece allá, la tierra respira por allí! Son fumarolas y geiseres…

 

La zona es tan dura que el viento destroza los labios y modela el paisaje, hace figuras imposibles, esculpe árboles, caras o tortugas en las rocas; hace caminar de lado a los flamencos y levanta el polvo moviéndolo a su antojo, llegando a cubrir con una fina capa el salar de Uyuni haciendo que en esta época no sea blanco resplandeciente.

 

Y por fin llegó la guinda del viaje, el Salar de Uyuni…

La noche anterior a visitarlo dormimos en un hostal (legal y en la orilla del salar, no dentro) hecho de sal, ladrillos de sal, alicatado de sal, camas de sal, mesas de sal, asientos de sal y suelo de sal. Más que al borde del Salar estábamos al borde de la hipertensión… Aquella tarde descansamos preparándonos para el último madrugón y la emoción de ver aquella inmensidad blanca. Josué nos amenizó la velada con sus chistes, sus juegos y sus ganas de hablar sin parar.

 

4 de la mañana, es el día, el jeep avanza por una planicie que se intuye blanca, las luces muestran rodadas y las seguimos hasta la isla Incahuasi. Nos bajamos del carro y con emoción empezamos a subir a la cima en medio de cactus, y con la luz de las estrellas que nos permiten imaginar el mar blanco que rodea nuestra isla. Llegamos a la cima casi sin aire, la recompensa emociona, y aunque el amanecer está codificado entre algunas nubes, el lugar es hermoso, y solo la pequeña plaga de gente deseosa de captar la mejor foto enturbia minimamente el momentazo.

 

La penúltima atracción fue el famoso “photoshop”, jugar a hacer la foto más original, la más divertida, la más atrevida…nos dio pereza desnudarnos, así que nos quedamos en lo convencional. Fue divertido, hasta chicuelina quiso participar.

 

 
 
 
 

La última atracción fue la peor, la que nos recordó lo que somos, la que nos mostró que tan carroñerxs somos y cómo consumimos lo que nos dan para consumir. Hordas de jeeps parqueados frente al “cementerio de trenes”, con sus hordas de turistas trepando por las máquinas muertas para hacerse el famoso selfie que diga “yo estuve allí”. Alrededor de tan tierna escena no hay más que basura, de hecho, los barrios de las afueras de Uyuni (esa ciudad creada para satisfacer nuestras ganas de conocer la maravilla) usan los descampados como servicio, pues no tienen desagües en las casas. ¿Compensa?

viernes, 15 de enero de 2016

Bolivia XIII. Potosí

Parece que hay lugares que se empeñan en desagradarte desde el inicio. Por suerte ando practicando el no fiarme de las primeras impresiones y esto me permitió, con una segunda oportunidad, descubrir Potosí.

Eso sí, nos recibió mostrándonos su cara más dura, tal vez para que no olvidemos lo crudos que han sido sus últimos 500 años. Nos recibió con un granizo espectacular que se convertía en ríos de lodo que bajaban vertiginosamente y a sus anchas por las calles inclinadas de la ciudad. La primera imagen de Potosí es un montón de casas de ladrillo que se agolpan en el hoyo que acoge a la ciudad más alta del mundo. El cielo gris cayendo a plomo y esta imagen me dieron unas ganas de retroceder corriendo, como tratando de escapar de la ratonera. Fue el granizo quien lo impidió y quien además nos obligó a esperar en la terminal de buses casi una hora para poder salir a buscar alojamiento. En esa fría espera me revolvió una de esas escenas de miseria, una familia se resguardada del granizo y a la vez aprovechaba el agua que goteaba de los tejados de zinc de la terminal para beber. A estos no les alcanza para comprar la de coca-cola…

 

 
 
 
 
 
Ese primer día fue gris y helado de inicio a fin, no hubo forma de entrar en calor a pesar de 4 o 5 capas de ropa. Así que con el cuerpo contraído tuvimos la primera imagen del Cerro Rico, también conocida como “montaña come hombres” por la cantidad de vidas que se ha cobrado en los 500 años de explotación minera en la misma. Dicen que deben ser unos 8 millones. No creo que haya otro lugar en la tierra en que se hayan concentrado tantas muertes violentas. Y es que esas muertes siempre son violentas, es violento morir con 13 años por un derrumbe tras colocar dinamita para explorar nuevas grutas en el cerro, es violento morir de tuberculosis porque tuviste que vivir hacinado para trabajar en la mina y así tratar de mejorar la vida de tu familia sin nunca conseguirlo, es violento morir de frío en un lugar que, en verano, alcanza mínimas de unos 0°C. Es violento morir intoxicada por la contaminación del agua con los productos que usan para la extracción y lavado de los minerales. Es violento.
La montaña "come hombres", o Cerro Rico

Por eso sientes rabia cuando oyes la expresión “vale un Potosí” (al parecer es de Cervantes), pues sin duda esta fue una increíble fuente de riqueza para la corona española en la época de la colonia, pero también una fuente de miseria y muerte para millones de personas. Cuentan que se extrajo tal cantidad de plata que con la misma se podía construir un puente que llegase hasta la misma España, cruzando el atlántico. También dicen que se podía haber construido otro de similares dimensiones con los cadáveres que costó tan magnífica extracción.

En pleno corazón de Potosí se puede visitar la Casa de la Moneda. Ahora museo, pero durante unos 400 años fue el lugar donde se emitían las monedas con mayor pureza del planeta. Inicialmente los minerales se fundían con fuego y limpiaba con mercurio. Era normal que la gente que trabajaba en los hornos no superase los 40 años. Más violencia.

Es interesante visitar el lugar que enriqueció al reino español con una historia tan tétrica, y a la vez el lugar que permitió una circulación tan intensa de moneda que, suponen fue determinante para el desarrollo de la revolución industrial en Europa y el consecuente auge del capitalismo posterior. Más violencia.


A pesar de tanta violencia, el cerro tiene un magnetismo especial. Algún día debió tener vegetación, ahora es una montonera de tierras de colores, llena de agujeritos que te llevan con más frecuencia al fracaso que a la gloria, pero que es el centro de la vida de miles de personas que habitan Potosí. No en vano esta ciudad (por su cantidad de población que supera los 150000 habitantes desde hace más de 4 siglos) es la más alta del mundo, con sus 4100 metros no deja de atraer a gente del ámbito rural buscando el dorado, o una vida mejor.

 
 
El tercer día Potosí nos mostró su cara amable, salió el sol, el termómetro marcó una temperatura más compatible con la vida y pudimos sentir esa magia de Latinoamérica, por muy dura que sea la vida, siempre hay algún motivo para disfrutar, ya sea un papa Noel, comer dulces en familia en las pastelerías, música en el mercado o alguna competencia deportiva. La vida sigue igual.
 

 
 
 
 
 
 
 
 
Nosotrxs decidimos aflojar un poco el cuerpo en “el ojo del inca”, unas aguas termales en el cráter de un volcán que gracias a sus 30°C y a un entorno increíble te reconcilian un poco con la naturaleza. Aun así, no conseguí sacar de mi mente la imagen de un cuadro de Guayasamín que está en el centro de la capilla del hombre, representa cuerpos esqueléticos tratando de alcanzar la luz, son las mineras y mineros de Potosí.



PD: Se ha convertido en atractivo turístico visitar las minas del cerro, mientras trabajan mineras y mineros. Las agencias tienen carteles en sus puertas que muestran fotos de gringxs bien rubixs y bien sonrientes con su casco, su bota y su mono a punto de entrar a la mina. Para que el tour parezca más puro, antes de visitar la mina te llevan al “mercado del minero” para comprar la coca, cigarros, alcohol y dinamita que posteriormente se ofrecerá a los exóticos mineros. Nosotrxs elegimos hacer la visita virtual viendo el documental “La mina del diablo”, lo otro nos pareció una perversión…


 

 
El cerro de Potosí

El famoso, siempre máximo, riquísimo e inacabable Cerro de Potosí; singular obra del poder de Dios; único milagro de la naturaleza; perfecta y permanente maravilla del mundo; alegría de los mortales, emperador de los montes, rey de los cerros, príncipe de todos los minerales; señor de 5000 indios (que le sacan las entrañas); clarín que resuena en todo el orbe; ejército pagado contra los enemigos de la fe; muralla que impide sus designios; castillo y formidable pieza cuyas preciosas balas los destruye; atractivo de los hombres; imán de sus voluntades; base de todos los tesoros; adorno de los sagrados templos; moneda con que se compra el cielo; monstruo de la riqueza; cuerpo de tierra  y alma de plata (que con más de 15000 bocas que tiene llama a los humanos para darles sus tesoros, siendo otros tantos ojos para ver sus necesidades y tanta su libertad que les da el corazón por esos ojos); a quien las cuatro partes del mundo conocen por la experiencia de sus efectos, sus católicos monarcas lo poseen (¡qué mayor grandeza!). Los demás reyes lo envidian, las naciones todas lo engrandecen, aclaman sin igual. Celebran admirable y elogian perfectísimo; a quien procuran fogosos su acendrada plata, cortan el viento por adquirirla, surcan el mar por hallarla y trastornan la tierra por tenerla.

Bartolomé Arzans de Orzúa y Vela (S. XVIII)
 

Siempre hay espacio para la poesía
En Potosí, la balanza no representa la justicia,
sino la propia balanza para calcular
el valor de los minerales. Bastante llamativo...
 

miércoles, 13 de enero de 2016

Bolivia XII. Si el Che viviera

Por fin llegamos a la tierra de los “síes”. Qué habría ocurrido si…


Entonces, la mente empieza a volar, especulando sobre cómo serían el mundo, Cuba, y el Che si no lo hubieran capturado en la quebrada del Churo, si no lo hubieran asesinado de aquella manera, si no lo hubieran exhibido después para la población o si después no hubieran ocultado su cuerpo de una forma tan cruel que no mostraba más que el miedo y la rabia de sus ejecutores que, tratando de silenciar su existencia la multiplicaron.

En Vallegrande, fuimos al hospital donde exhibieron su cuerpo inerte, en el libro de visitas de los pacientes nosotrxs pusimos que íbamos a visitar al Che, como si de un enfermo o herido se tratase, como si aún hubiera opción de salvarlo, de curarlo, de curarnos….

Si el Che viviera, ¿Qué sería de la Higuera y Vallegrande? Estas pequeñas localidades de la Bolivia más profunda saltaron a la Historia por la caída del Che. Si esto no hubiera ocurrido, tal vez la Higuera ya estaría despoblada como consecuencia del éxodo rural a las ciudades, su escuelita habrá sido derribada para construir otra de ladrillo y tal vez seguirían sin tener luz eléctrica. Vallegrande no tendría su museo, ni su Avenida Ernesto Guevara, no habría sido parada obligada de diversos grupos forenses argentinos y cubanos, ni tendría en plena plaza el Café Santa Clara, con los cuadros del héroe.
 

También me planteo que, si el Che no hubiera existido, o si el mito no hubiera desaparecido en aquellas circunstancias, e incluso si Korda no hubiera tomado tan famosa imagen, cuántas camisetas, gorras, llaveros, mecheros, posters, fotos y un larguísimo etcétera no se hubieran vendido.

¿Qué habría pensado el Che sobre esa industria del marketig?

¿Qué pensaría de ese “peregrinar” de algunxs locxs al lugar donde fue apresado?

¿Cuántas canciones habríamos dejado de escuchar?

¿Cuántas películas no habríamos visto?

¿Cómo querrían ser lxs pionerxs Cubanxs? (¡Pionerxs por el comunismo, seremos como ¿quién?!)

De todos los síes, el que más me invade es el que cantó Frank Delgado, ¿Qué sería del Che si viviera? “Si el Che viviera, fuera, fuera un arquetipo de este tipo…” (Si el Che viviera)

Aunque mi inquietud viene de otro lado, más que imaginarme en qué se habría convertido si continuase vivo, trato de pensar cómo habría sido el Che si hubiera nacido 50 años después, en 1978, si fuera de “mi generación”. Me pregunto si el hombre que inventó al “hombre nuevo” en la mitad del siglo XX, hubiera estado aún más inspirado para el hombre nuevo del siglo XXI llegando de manera natural e intensa al feminismo y al ecologismo. ¿Habría ejercido una paternidad distinta? ¿Qué pensaría de los transgénicos y la explotación de la naturaleza en nuestra época? Me pregunto cómo habría ideado la lucha contra el sistema y el capital. ¿Creería factible la guerra de guerrillas? ¿Habría llegado a Ministro de nuevo, o más bien sería un hacker? ¿Sería capaz de inspirar a nuestra generación como lo hizo con tantas otras hace décadas?

Siempre nos quedará la duda, mi corazón quiere pensar que sí, que con su capacidad extraordinaria habría dado respuesta a muchas dudas que hoy tengo y seguiría siendo un ejemplo en algunos ámbitos, mi mente la mayoría de las veces es más pesimista.

Tal vez por eso, de forma consciente o inconsciente, o tal vez simplemente realista, llegamos a la Higuera demasiado tarde para salvar al Che. Dejemos al mito como está, y que su ejemplo siga alimentando luchas y conciencias.

domingo, 10 de enero de 2016

Bolivia XI. Frente a mí, Che.

Frente a mí aparece el cartel verde metálico que anuncia la entrada al pueblo de Vallegrande.

Nos dirigimos al hospital Señor de Malta, que en la actualidad sigue siendo el principal de la población, y que en la parte trasera del mismo alberga una pequeña edificación con tejadillo triangular y abierta por su parte delantera.

Frente a mí y con un escalofrío que me recorre el cuerpo se encuentra la pila doble de lavar que tantas veces había visto en las fotos y que sirvió para exponer el cuerpo del Che ya fallecido para que los Vallegrandinos y el mundo entero pudieran contemplar el horror del trofeo adquirido. Conmueve la imagen y emocionan aún más las piedras pintadas que recientemente, el pasado aniversario 9 de octubre, los cinco cubanos dedicaron a su memoria.
 











Frente a mí y a escasos metros me sobrecoge la visión de una pequeña construcción similar a la anterior. A ella se accede a través de la silueta de la cara del Che y de Latinoamérica. En su interior blanco impoluto no hay más que una pequeña mesa de piedra que corresponde a la antigua morgue donde limpiaron y arreglaron el maltrecho cuerpo de Ernesto Guevara, ya muerto.
 
 
La noche ha caído en Vallegrande, los sentimientos encontrados nos llevan a un restaurante que se llama Santa Clara.

Frente a mí un rico plato de carne de res al pimentón con papas fritas que disfruto rodeado de cuadros, fotos y recuerdos del Che, porque como me diría la encargada: “el dueño quería mucho a su comandante”, ahí entendí también el porqué del nombre del restaurante.         

El segundo día en Vallegrande amanece soleado, paseamos hacia las afueras cuando ya las calles se convierten en caminos de tierra.

Frente a mí está el cementerio general, a su lado se encuentra la llamada fosa de los guerrilleros, lugar en el que se encontraron 29 años después de su muerte los restos del Che y de algunos de sus compañeros entre ellos la única mujer guerrillera, Tania. Estos restos ya no se encuentran aquí ya que a finales de los 90 cuando fueron hallados se enviaron al mausoleo de Santa Clara en Cuba.


Dejamos Vallegrande y con Plácido iniciamos viaje.

Frente a mí se encuentra el camino de unos 60 km que une a este pueblo con La Higuera. Es un trazado de tierra que no deja de ascender y de curvear entre verdes y bellas montañas mientras la noche nos alcanza. No paro de pensar que este mismo viaje pero a la inversa lo hizo el Che en helicóptero con su cuerpo ya inerte.

Son tres horas de baches, curvas, quebradas y sobretodo soledad. Pero al cumplirse éstas…

Frente a mí se viene un cartel de madera que me anuncia “Bienvenidos a La Higuera”. Tantas veces imaginada, tantas veces deseada y justamente allí delante se encuentra. El camino de tierra que traemos la atraviesa, apenas es una filita de casas de adobe a cada lado desembocando en una pequeña plaza. Una estatua con el traje verde olivo, con la boina calada y con un puro en la mano nos ubica, a su vez un busto del Che aún más grande domina la escena desde el lado izquierdo de la plaza. Por fin estamos, es el lugar.

 
La Higuera se sitúa en una empinada y frondosa ladera verde que forma parte de una sucesión de montañas interminables que desembocan muchos metros más abajo en el rio Grande. El paisaje cuando el sol se aleja por las estribaciones de los Andes justo frente a nosotrxs es grandioso. Nunca había imaginado que este lugar fuera tan bello, mis recuerdos del mismo eran mucho más secos y casi sin perspectiva.

 
Con este panorama la tarde invita a pasear.

Frente a mí está el camino de salida de La Higuera que comienza a ganar altura hasta alcanzar el Abra Picacho lugar desde donde se divisa toda la cuenca del río y la maravilla de esos Andes que comienzan. No dejo de pensar que este mismo camino lo hicieron el Che y sus compañeros, para cuando al llegar y acercarse a la casa del telegrafista (lugar donde actualmente nos alojamos) darse cuenta de que el ejército estaba siguiéndoles los pasos muy de cerca. Tal fue así que al abandonar La Higuera minutos después fueron despedidos por una gran balacera que fue el preludio de esos últimos días difíciles.
La casa del telegrafista
Apenas dejas atrás la placita de la Higuera y en una de las últimas casas tienes que detenerte.

Frente a mí se encuentra la que fue escuelita del pueblo y que en la actualidad ha pasado a ser un pequeñito museo. Como reza en el quicio, “Por esta puerta salió un hombre hacia la eternidad”, estoy frente al lugar donde recluyeron al Che después de herirlo y donde después a sangre fría lo asesinaron.
 

 












Me siento frente a ese lugar, cierro los ojos, y pienso en esa puerta. Por ella entro por última vez con vida el Che, aunque su dignidad no cupiese por la misma. Y pienso en su persona y en sus seres queridos y en lo que pudo significar para un ex-ministro de industria, un ex presidente del banco central, venir a morir a un lugar tan remoto, lo que significó deambular durante casi un año por un territorio tan aislado y siendo tan incomprendido. Y aquí he sido consciente de quizá la inutilidad de aquella muerte, de tu hermosa terquedad en aquel contexto y de lo triste que es percibir la poca repercusión que tu muerte y ejemplo ha tenido en estos lugares.

La escuelita por fuera


La escuelita por dentro
Vuelvo a cerrar los ojos, y vuelvo a pensar en esa puerta, y…

Frente a mí, sale por ella ese hombre al que una bala cabrona y traicionera ha partido el pecho a quemarropa y pienso que de esa misma bala aunque sean casi 6 años después nací yo y otrxs tantos que como semillas en aquel instante se esparcieron.

Frente a mí, diviso rápidamente mi vida y tantos momentos que han tenido que ver con aquel 9 de octubre de 1967, tantas amistades, tantos viajes, tantas ilusiones y desilusiones y tanto que tengo que agradecer a aquel asesino que como hemos podido saber ahora, ha vivido escondido en un infierno que aún en la actualidad le persigue.   

Frente a mí se dibuja tu enorme leyenda, hermano, compañero y comandante Che.
Se quedará siempre contigo

 
*Quiero agradecer a ciertas situaciones que se han producido en este viaje y que me han hecho conocer al tremendo guerrillero boliviano, Inti Peredo.

miércoles, 6 de enero de 2016

Bolivia X. 20 horas con Plácido

El 18 de Diciembre, Plácido madrugó más de lo habitual, tenía que ir a Vallegrande para hacer algunos trámites legales. Se pasó la mañana de acá para allá, ahora en el abogado, luego en la fiscalía y por fin un “vuelva usted lueguito”.

Nosotrxs no madrugamos tanto, desayunamos en el mercado, paseamos tranquilamente hacía la fosa donde escondieron el cadáver del Che después de asesinarlo y exhibirlo en la lavandería del hospital, y poco después (más o menos cuando Plácido estaba en la tercera tanda de fotocopias de la mañana) llegamos al museo de la casa de cultura

Después de un almuerzo ligero, tanto él como nosotrxs, nos dirigimos hacia el surtidor de gasolina, eran cerca de las 13:45. Él para buscar pasajerxs hacia la Higuera, y nosotrxs para buscar transporte. Allí nuestros caminos se cruzaron, y no se separarían hasta 20 horas después.

Se nos presentó, con su bolsa de ciruelas amarillas en la mano, y nos preguntó si íbamos a La Higuera, está claro que nuestro aspecto de extranjeros y las mochilas al hombro nos delataron. Mientras saboreábamos nuestras ciruelas rojas le dijimos que sí, y entonces nos ofreció ir en su carro, a un precio similar al de los dos transportes que deberíamos coger de manera habitual y con la comodidad de ir sentadxs. La única desventaja era que había que esperar un par de horas a que terminase sus trámites. ¿Pero seguro son sólo dos horitas? Seguro, sí. Dale pues, nos vamos con usted.

Así, después de unas ciruelas más –hicimos intercambio de colores como primer gesto de amistad- telefoneó al abogado para encontrarse en el surtidor. 20 minutos después cayó en la cuenta de que no habían acordado en cual, así que lo telefoneó de nuevo para constatar que efectivamente estábamos en distintos surtidores. Finalmente nos encontramos en un punto intermedio, la plaza del pueblo, que no es demasiado bonita, pero si agradable. Allí cayó alguna ciruela más mientras el “doctor” finiquitaba los papeles.

Nos sentimos gratamente sorprendidxs al recibir los papeles sellados y firmados por el letrado, pero resultó que había que ir a la fiscalía a por nuevos sellos y firmas. Nuestro gozo en un pozo, y aún más profundo al ver al llegar que la puerta estaba cerrada. 3 ciruelas después aparecieron la fiscal y su asistente, nuestro amigo se sentó pacientemente a que hiciesen sus papelitos. 2 horas después (medirlo en ciruelas sería demasiado dulce) salió con la asistente, volvimos con ella en la vagoneta hasta la plaza, donde ella fue a ponerle más sellitos y ya de paso a comprar unas galletas. Regresamos a la fiscalía y tras otra hora y media más de empezar a desesperar…¡¡¡salió!! Sólo con dos horas y media por encima de lo previsto.
 

Sorprendentemente nuestro amigo propuso ir a comprar unas empanadas para cenar al llegar a su casa, donde además nos ofrecía cama para pasar la noche, pues llegaríamos demasiado tarde para encontrar alojamiento.

Así, casi anocheciendo, emprendimos marcha hacia el sur. Vallegrande y La Higuera están unidos por un camino (llamarlo carretera sería un engaño) que recorre las montañas como si estuviera trazado por una mano borracha. Nuestro coche automático subía como un coche al que le hubieran dado cuerda, sin resoplidos ni brusquedades de cambios de marcha. Rápido anocheció y dejamos de ver ninguna luz que indicase la presencia de vida humana, parecía como si estuviéramos en medio de la nada, y lo que era aún más inquietante, cada vez nos adentrábamos más en esa nada.

Para no desesperar a las personas que recorren la vía, cada 287 curvas hay un doble cartel, en uno indica “LA RUTA DEL CHE” y en el otro el desvío a alguna localidad, como “SALSIPUEDES GRANDE” o “SALSIPUEDES CHICO”.

En tres horas de silencios, alternados con algunas conversaciones (o más bien interrogatorio que él, pacientemente, intentaba responder) tratando de saber sobre la guerrilla del Che, y sobre la propia vida y rutina de Plácido, aparecimos en el tan deseado destino. Su casita está justo al lado de la escuelita (hoy museo) donde mataron al Che, buen comienzo…

Nos alojó en un cuarto que era a la vez dormitorio, cocina, caseta de aperos y taller. El baño lo podéis encontrar detrás de cualquier árbol, en la calle, y el grifo de agua detrás de la casa. Nos comimos algunas empanadas mientras asimilábamos el día, nos enternecíamos con “las atenciones” de nuestro amigo, y nos preparábamos mentalmente para dormir en esa cama tipo faquir.
Nuestros aposentos

Hora de dormir, deseando la llegada del amanecer para descubrir el ansiado lugar. Y así poco a poco, entre recuerdos de ciruelas, curvas y la inocente calma de nuestro amigo Plácido, que no podría un nombre más apropiado, nos dormimos.

A las 6 de la mañana comenzó la fiesta, un espectáculo de luz y color como nunca había visto. La tormenta más brutal que recuerde estaba justo sobre nuestro tejado y tras cada relámpago había un inmediato trueno que hacía temblar la cama. ¡Qué maravillas habría hecho García Márquez contando semejante alarde de la naturaleza! Nerviosa me agarraba a David como un koala, “David, es la maldición del Che, no quiere que estemos aquí…” Parecía que el cielo se nos caía encima, que los rayos debían estar pulverizando árboles en el patio y que cualquier trueno podía tumbar las casitas de adobe.

Por suerte, como en las tormentas de la selva, siempre llega la calma. A eso de las 9 amainó la lluvia y nos pusimos a desayunar. Plácido se despertó alegre, le pareció haber oído un trueno en la madrugada…

Una hora después nos despedíamos, él regresaba a Vallegrande, quien sabe si para hacer nuevos trámites o traer alguna otra intrépida hasta este fin del mundo. Difícil conseguir mostrar el agradecimiento por haberlo encontrado en nuestro camino, fueron 20 horas de los más entrañables, a ritmo de ciruela.

Ahora sí, nuestro encuentro es con el Che.
Frente a nosotrxs, el  Che

lunes, 4 de enero de 2016

Bolivia IX. Kaa-Iya, no todo fue fauna.

Negar que lo principal en el Kaa Iya fueron los animales, sería una tontería, pero no reconocer que una de las claves para nuestro disfrute fue lo que ocurría “entre bastidores”, sería injusto.

Las horas interminables en el carro, con sueño, las piernas plegadas, pasando calor, en ocasiones tragando polvo y al anochecer batallando con los mosquitos, habrían sido un infierno de no ser por la inestimable presencia de nuestrxs compis de viaje y las miles de conversaciones trilingües sobre cualquier tema.

Fue muy lindo descubrir tantas cosas en común con Julia y Sébastien, parece que la barrera del idioma se salta con facilidad cuando tienes ganas de comunicarte. Aprendimos y disfrutamos mucho esos días y la idea de encontrarnos de nuevo en el cono sur o de visitar Francia se fue convirtiendo en un plan firme.

Fue un placer contar con la alegría y entusiasmo de nuestro guía Saúl, a veces Robin Hood, otras Peter Pan, pero siempre con una sonrisa en la boca. Gracias a él aprendimos mucho de Bolivia y de la fauna Boliviana.

El guardaparques que nos acompañaba, Nico, también dio mucho juego. Es un tipo bastante reservado, debe ser normal con las condiciones de ese trabajo, pasa 20 días en el parque y después sale 5 para descansar con su familia. A mí me recordaba un poco a Cocodrilo Dandee, y nos lo imaginábamos en la ciudad, buscando con los prismáticos una ferretería, una panadería…o examinando las huellas de los carros para averiguar la marca, año de fabricación…

Fue curioso ver cómo nos convertimos en autómatas, perdimos la noción del tiempo tras el primer madrugón habiendo dormido sólo cuatro horas (es lo que tiene que el codiciado jaguar sea un animal tan trasnochador). Por eso decidimos contar el tiempo en función de los animales, “antes o después del tucán”, “dos tapires antes del puma”, “un venado después del armadillo”, “el día del puma”, etc. De esta manera aquellos 5 días parecieron 10 y sabíamos si era de día o de noche por lo que andábamos buscando en los caminos, bultos de día y reflejos de ojos de noche.

Uno de los momentos álgidos, cuando relajábamos la alerta de detección de fieras, eran las comidas. Teníamos la opción de comer ballenas en lata con salsa de tomate (teóricamente eran sardinas, pero su tamaño era bastante sospechoso) o preparar otro tipo de comida, así que tuvimos una deliciosa dieta vegana currada por Julia y Sébastien que disfrutó hasta Juan Carlos, el chófer. ¡Qué pena que a Saúl no le gustase la quinua…!

Y así, después de compartir durante 5 días sueño, hambre, calor, cansancio e incluso un pinchazo de rueda, nos despedimos de nuestrxs compis de viaje, agradecidxs por haber visto tantxs animales, y por haber tenido tan agradable compañía.