domingo, 11 de septiembre de 2016

L’America. Epílogo. Tukuri




La vuelta a casa nos ha desconcertado tanto, que se nos han quedado en el tintero unas cuantas ideas que queríamos plasmar en nuestro diario de vida-viaje. Adaptarnos de nuevo al ritmo de acá nos ha costado unos meses, pero parece que por fin vamos encontrando un cierto equilibrio que combina nuestra actividad frenética de antes de irnos, con la cadencia y sosiego que hemos adquirido estos tres años. Llegar a este frágil equilibrio es lo que me ha permitido respirar un poco y pensar en lo que he – hemos vivido en los últimos años. Entonces me asalta una cifra que marca el inicio de toda esta experiencia, y no es el 3, sino el 15.


Resulta que hace 15 años me enamoré por partida doble, primero de Cuba y después de David.


Era una guagüita cuando llegué a Latinoamérica por primera vez. Al conocer Cuba, un mundo nuevo se abrió ante mis ojos, mis oídos y mi piel. Creo que no estaba muy preparada, la sacudida fue tremenda y aquella sensación de haber nacido en el lugar equivocado me invadió durante años. La nostalgia de salir de Cuba la primera vez, aún sin entender qué me había ocurrido, fue tan grande que desde entonces mi vida se centró en dos objetivos. El primero ya venía “heredado” de mi padre, ser médico como aquellxs médicxs cubanxs internacionalistas, con una sensibilidad, creatividad y dignidad que no dejaban de causarme admiración. El segundo objetivo era seguir aprendiendo de Cuba y por supuesto poder conocer el resto de esa Latinoamérica que para mí era algo así como una gran familia, eso que Correa llama la Patría Grande. Así empezó esto de vivir-trabajar para viajar.


Ese amor por Cuba terminó uniéndonos a David y a mí, así que el efecto de ese imán se potenció. Juntxs comenzamos un trasiego de idas y venidas, así conocimos Cuba, Venezuela y Brasil, siempre reodeadxs de hermosas amistades; también se nos quedaron pendientes proyectos como ir a Chiapas o unas prácticas en Costa Rica. Durante estos años, Latinoamérica siempre ha sido un objetivo, el lugar al que siempre volver.


No recuerdo cuando hablamos por primera vez de pasar unos años en Sudamérica, pero sé que aquello que parecía onírico se convirtió en realidad. Me di cuenta de que habíamos cumplido un sueño de vida cuando estaba en el avión de vuelta a Madrid hace ya casi 5 meses. ¡Lo hicimos, lo conseguimos!


Recuerdo cuando antes de irnos y en los primeros meses había quien nos llamaba valientes. A mí me parecía un poco exagerado, realmente viví el proceso con tanta naturalidad, además de con una cierta necesidad mental, que no me pareció tan épico. Por otro lado, en estos 3 años, escuché o leí varias veces sobre nuestra suerte por vivir esa experiencia. Así como lo de la valentía no me cuadraba mucho, lo de la suerte tampoco.


He pensado bastante sobre el tema, siempre me he sentido afortunada en la vida, y no he dudado en reconocer la suerte de nacer en un país del “primer mundo” en una familia como la mía, que siempre apoyó mis decisiones y me permitió estudiar, y sobre todo me transmitió las ganas de descubrir el mundo y un sentido de la justicia que me ayudó a mirar la vida con otros ojos.


También me considero afortunada por encontrar a David en el camino, su visión de la realidad, siempre crítica, su entusiasmo por viajar y su curiosidad infinita por descubrir y aprender de lugares nuevos, así como ese amor por Cuba y Latinoamérica fueron piezas muy importantes en este puzle de 15 años.


Pero fuera de eso (que aunque ha podido ser determinante, no ha sido totalmente “gratuito” y ha supuesto esfuerzos personales importantes), creo que no todo se reduce a “la suerte”.


Según la RAE, suerte es el encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito o casual.


Yo creo que lo que hemos vivido no se debe a la casualidad, creo que realmente se debe a una sucesión de decisiones que incluían conflictos, errores, y como no, muchas renuncias (la mayoría conscientes, pero no por ello menos dolorosas). Simplemente fue nuestra apuesta y aunque la experiencia ha sido maravillosa, no todo ha sido fácil pues también hubo momentos duros e incluso muy duros. En cualquier caso, valió la pena.


El balance no puede ser más positivo, creo que ha sido el momento de mayor crecimiento personal que hemos vivido, hemos conseguido multiplicar los puntos de vista cambiándonos las “gafas de ver el mundo” tantas veces como realidades hemos compartido. Afianzamos la certeza de que se puede vivir con menos, y sentimos la satisfacción de conseguirlo, al menos en parte.


La mochila se llenó de momentos hermosos, los rostros de América, las amistades transoceánicas, la resistencia de los pueblos y la historia contada por quienes perdieron (los escenarios de Galeano en vivo ante nuestros ojos). Y como no, tantas y tantas mujeres que llenaron mis días, mi mente y mi corazón de nuevos sueños y luchas. Mamitas lindas de mi América querida, amazónicas, andinas, caribeñas, costeñas, patagónicas, indígenas, mestizas, chapinas… todas juntas, ni una menos. Entendí que un mundo mejor es posible, pero que la Revolución, será feminista, o no será.


Y con esta madeja de ideas, vidas, cosmovisiones y dudas me doy cuenta de que este ciclo de 15 años comenzó y terminó en el mismo lugar, la isla bella. Tengo sensación de estar terminando una etapa, una especie de adolescencia alargada, o madurez adelantada, qué más da. Ahora es momento de asimilar lo vivido, y empezar a soñar de nuevo…


Mi compañerito y yo ya no tenemos nuestra playa de Bahía para soñar con el futuro, pero seguro que encontramos el lugar y el momento para idear nuevos proyectos. El alma errante sigue en marcha y las ganas de descubrir nuevos mundos no aflojan. Quién sabe si en unos años apareceremos con L’Asia o L’África…  (¡Se aceptan sugerencias!)