miércoles, 30 de diciembre de 2015

Bolivia VIII. Kaa-Iya.

Kaa-Iya es en guaraní lo que Pacha Mama es en quechua, y este es el nombre que recibe el Parque Nacional Boliviano que ocupa la zona de chaco de este país. El chaco es un tipo de vegetación que cubre todo el Paraguay, parte del norte de Argentina, una zona limítrofe del Brasil y la zona este de Bolivia que hace frontera con estos países.

A este lugar bastante distante nos hemos dirigido con el objetivo de divisar al jaguar, el gran felino americano. Para ello hemos pasado cinco días dentro de un paisaje aislado e inhóspito, con una temperatura que osciló siempre entre los 30ºC y 40ºC, día y noche, cubiertos de pies a cabeza por la presencia amenazadora de mosquitos carniceros que sólo te daban respiro cuando el viento hacía acto de presencia, y con una vegetación seca y espinosa que siempre nos rodeaba.
 

Hemos estado solos en los casi tres millones y medio de hectáreas de parque, recorriendo caminos polvorientos de rectas infinitas, estrechos por lo acechante de la vegetación y en donde nuestra mirada siempre andaba perdida en el horizonte a la búsqueda de algún bulto oscuro en el día o de algunos ojos brillantes en la noche. Cuando digo solos me refiero a nosotrxs, a una pareja franco-alemana, a una joven suiza, a nuestro guía samaipateño, al chofer y a un guarda parques solitario, taciturno y algo suicida en sus encuentros con los felinos.
Hacia el Brasil
Antimosquitos
 

 
 
 
 
 
Buscamos animales sin descanso, desde las 4 de la mañana hasta las 10 de la noche, lo hicimos desde el carro, caminando o camuflados frente a las lagunas. La paciencia fue nuestra virtud y aunque nos faltó la guinda del pastel que era el jaguar, lo vivido frente a la naturaleza ha sido espectacular.
 
Al acecho

Hemos recorrido sigilosamente senderos mientras el sol inclemente martilleaba nuestras sienes, hemos mascado coca para concentrarnos en seguir adelante cuando el aire no nos regalaba ni un segundo de aliento, hemos recorrido rectas interminables palmoteando mosquitos sin cesar, hemos apreciado el silencio interrumpido sólo por el ruido del viento en los árboles, hemos disfrutado de un cielo inmensamente limpio y estrellado, hemos disfrutado mucho, pero sobre todo hemos disfrutado cuando la suerte nos brindaba un encuentro fortuito con los animales en su hábitat natural.
 

Hemos visto al pequeño armadillo recorrer el camino a toda la velocidad que le permitían sus pequeñas patitas cuando percibía nuestra presencia, han cruzado nuestras cabezas infinidad de escandalosos loros, hemos aprendido el nombre de curiosas aves de patas largas y cortas, unas que volaban y otras que sólo corrían, de plumajes excelsos y de crestas increíbles, pero por encima de todas ellas estuvieron, el águila que como disecado presidía la laguna desde un balcón de privilegio al acecho de cualquier acontecimiento que le ayudara en su alimentación, y el tucán más grande de Latinoamérica, el tucán toco. Hemos asistidos expectantes al baño privado de uno de los animales más extraños y bellos que existen, el tapir, que anunciado por el trino de los pájaros hizo su tímida entrada en la laguna mientras nuestros ojos como platos lo seguían y manteníamos un silencio sepulcral, su inicial miedo a los predadores cercanos y a cualquier ruido se convirtió en posterior relajación y siesta acuática mientras los pájaros lo ayudaban a espulgarse, esos momentos fueron simplemente maravillosos. Hemos disfrutado de la llegada de uno de los monos más pequeños del mundo, el titi del chaco, para saciar su sed en la laguna. Hemos descubierto en la noche los ojos amarillos del zorro a la luz de nuestras linternas al fondo del camino y haciéndole creer que podíamos ser sus víctimas de manera cautelosa se nos aproximó. Pero quizá nada tiene comparación con ver frente a frente a un felino.
 
 

 
 
 
 
 
 
La noche nos brindó la vista del ocelote, una especie de jaguar de mucho menor tamaño, aunque de forma fugaz, pero la tarde y en el momento que iniciaba su jornada de caza, el destino nos agradeció la espera y nos mostró una hembra de puma. Levantar la vista en esas rectas infinitas y divisar la silueta del puma fue un subidón de adrenalina. Ver su cansino pero a la vez elegante y sensual caminar, ver los movimientos de su larga cola, ver como olfateaba los laterales del camino en busca de agua y alimento y ver como al notar nuestra presencia giraba su felino rostro y nos miraba marcando distancias fue un momento sublime.
Intrépido
Precavidxs
 

 
 
 
 
 
No obstante, faltó el jaguar, lo buscamos día y noche y nos fue esquivo. Muchas veces pensé durante esos paseos nocturnos con nuestras pequeñas linternas qué hubiera pasado si el tan buscado jaguar hubiera hecho acto de presencia, porque pudo ser la emoción del momento o quizá no ser totalmente conscientes del potencial peligro del encuentro lo que nos hizo caminar y caminar a su encuentro.

Seguiremos la búsqueda…
Su huella

Imagen tomada por cámara del parque
 
 

domingo, 27 de diciembre de 2015

Bolivia VII. Al encuentro con la historia.

Estoy en Samaipata, el nombre no dice demasiado pero es un lugar muy hermoso.

Está a una altura inferior a 2000 metros lo que te garantiza un clima estupendo en estas latitudes, además se encuentra al final de un bellísimo y estrecho valle de verdes montañas y formaciones rocosas de color rojo, que recuerdan a los tepuyes venezolanos, y que son atravesadas y rodeadas continuamente por cálidos ríos.
Linda naturaleza

Aguas del color de la tierra
 

 
 
 
 
Es un pueblito pequeño y tranquilo, con casitas bajas de techos de tejas y donde la población eminentemente agrícola se intenta acomodar a la realidad de la creciente comunidad joven y extranjera que se va asentando en él. El lugar se encuentra entre varios Parques Nacionales de bosque tropical y enclavado en lo que llaman el codo de los andes porque nada más echar un vistazo al mapa de Sudamérica vemos como la cadena montañosa cambia de dirección en este punto para extenderse de manera vertical hacia el cono sur.
Samaitrampa nos cautivó 
Por este mismo lugar, Samaipata, donde ahora diviso un maravilloso cielo limpio y estrellado, pasó el Che en aquel 1967 y a escasas 4-5 horas de aquí terminó siendo asesinado.

A veces el destino es caprichoso, y estando a la espera de visitar esa zona, sólo nos llegan noticias donde parece que los intentos de “cambiar” la historia de este continente se desmoronan. En Argentina triunfa el neoliberalismo (esta vez aunque el margen de victoria fue escaso parece que no hay fractura social, eso sólo ocurre cuando vence la izquierda), en Venezuela lo más recalcitrante asume mayoría en la Asamblea, Correa decide no presentarse a la reelección y aquí parece que Evo no tendrá sencillo hacerlo pues no pinta demasiado bien el próximo referéndum de febrero.
La derecha se arrastra y asciende
Quizá sea que no hemos sido capaces de fomentar y permitir una verdadera participación de colectivos y ciudadanía, quizá sea que las oligarquías y sus medios de comunicación son demasiado poderosas, quizá sea que nuestra ideología que sueña con un nuevo mundo a construir no es mayoritaria o quizá sean las tres cosas y muchas más.

Pero mientras recibimos estas noticias me preparo para uno de los momentos más esperados en mi vida, visitar La Higuera y tener un encuentro con la historia, con la triste historia que seguimos sembrando y poner cara a un lugar que debía aparecer en los libros con un punto negro, un lugar que me persigue desde antes de poner por primera vez un pie en Cuba allá por el 2001 y de visitar Santa Clara donde recién habían llegado sus restos.

En unos días iniciaremos aquel viaje del que Ernesto Guevara no pudo regresar, pero antes de ello iremos a escribir otro capítulo de l’América para intentar encontrarnos con el más grande felino latinoamericano, el jaguar.   
Destino a la historia
 

viernes, 25 de diciembre de 2015

Bolivia VI. Tercera Navidad sin turrón

Esto de estar fuera del país en estas fechas tiene que, además de perderte montones de cenas y comidas, escenas interminables de consumismo y achuchones de todo tipo, te quedas sin turrón. Esta es ya la tercera Navidad sin el famoso dulce y, la verdad, empiezo a sentirme identificada con el anuncio de “vuelve, a casa vuelve…”

Así que, en esta ocasión hemos cambiado el turrón por chocolates y roscón bolivianos, las compras locas y de última hora por el mercadeo de calle, y las cenas y comidas super numerosas en familia, por una cenital “íntima” en nuestro hostal de turno.
 

 
 
 
 
Vivir la Navidad en Sucre, capital judicial de Bolivia, tiene además otras características. A pesar de estar casi a 3000 metros, al ser verano tenemos un clima mucho más suave que el de allá. Esto hace que resulte curioso ver la gente con gorrito de papa Noel o simulando la nieve. No sólo se ha impuesto la navidad si no también el clima de los países del norte en estas fechas. Por otro lado, las aun intensas diferencias sociales hacen que decenas y decenas de familias indígenas recorran estos días las calles del centro de la ciudad pidiendo el aguinaldo, a ritmo de “regáleme platita” o “colabore, colabore”. En todas las esquinas se multiplican pequeñas manos y manos arrugadas hasta lo imposible a la caza de la caridad cristiana. Enormes filas sólo de indígenas se reparten por toda la ciudad, filas de harapientos, sucios, cargados hasta la extenuación y que en su mayoría son niños de escasa edad, mujeres y personas muy mayores, esperan en unos casos que el municipio reparta un chocolate, una coladita o unos panes, que en otros casos organizaciones o fundaciones de rubios de ojos claros repartan comida mientras fotografían la enorme fila que dejará constancia de su bello trabajo o en otros casos esperan que alguna familia o empresa aparezca en la plaza 25 de Mayo para entregar chocolates, ropa vieja, o algún otro tipo de limosna que haga más ligera su conciencia en estas fechas de paz y felicidad y que continúe perpetuando la injusticia.

Cuando llegamos nosotrxs a Ecuador era el segundo año que se llevaba a cabo una campaña contra la mendicidad infantil, entendiendo que la caridad no es la solución, en estas fechas navideñas, y viendo la situación en Bolivia, la diferencia es abismal.


Árbol Navideño
 
Todo esto me trae a la mente mi “villancico” favorito, la Canción de Navidad, de Silvio Rodríguez (que podéis escuchar aquí), con ella y lo vivido estos días, la falta de turrón se relativiza, la lejanía de las personas que queremos pesa menos, y cenar una ensalada de tomate puede llegar a parecer un privilegio.

Eso sí, antes de la próxima, volvemos a casa.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Bolivia V. Antagonismos.

Estamos en un continente maravilloso por muchas cosas, aunque también triste por otras muchas, y una de las mayores maravillas que posee es su enorme diversidad geográfica, climática y humana. Esta diversidad la podemos observar claramente entre sus grandes ciudades, entre Quito y Guayaquil, entre Lima y Cusco y ahora y de una manera aún más marcada si cabe entre La Paz y Santa Cruz de la Sierra.

Diversidad
Son las dos ciudades más grandes del país con alrededor de dos millones de habitantes aunque a La Paz la consideramos con El Alto y podemos apreciar su antagonismo apenas abrimos los ojos o respiramos en ellas.

La Paz se sitúa al oeste y Santa Cruz al este; una se encuentra cercana al Perú y la otra más al Brasil y al Paraguay; la una a 4000m en la planicie del altiplano y la otra a 400m en la planicie verde de la selva; en la una hay aimaras y quechuas y en la otra son más los guaranís. Una es puro rojo de ladrillo, la otra es blanca encalada; en la primera uno levanta la vista y las montañas lo apabullan, en la otra uno mira hacia arriba y no encuentra referencias; en la capital la temperatura oscila enormemente, en Santa Cruz es constantemente caliente; en una los cholxs son abrumadoramente mayoría, en la otra se ve mucho a los blanquitos; en el altiplano las medias de alpaca son moda, en la selva lo son los vestidos vaporosos.

3 capas...

....4 capas
 








...una capa basta.

La Paz es una ciudad meramente comercial, en Santa Cruz está más desarrollado el sector maderero, agrícola y ganadero; una es extremadamente laberíntica de calles estrechas y la otra se construye entorno a avenidas en forma de anillo; en una divisas los eucaliptos, en la otra las palmeras y las bellas matas de mango; si en la primera miras al cielo encuentras el teleférico y si lo haces en la segunda encuentras loros; en una votó el 67% por Morales, en la otra el 50%; sería por casualidad, pero en la primera fuimos al cine y en la segunda al teatro.

A unos los llaman collas y a los otros los llaman cambas y vista su rivalidad nos reiríamos de la de Madrid-Barcelona; intentando ver alguna similitud encontré su forma pausada de caminar aunque en la primera es por falta de oxígeno y en la segunda por el aplastante calor húmedo.
En definitiva, dos ciudades opuestas que forman parte de la rica diversidad que conforma este Estado Plurinacional de Bolivia.

Con Evo, La Paz va contracorriente.

martes, 22 de diciembre de 2015

Bolivia IV. El día 65

Hay días mejores, días peores y días que ni fu ni fa. Dentro de estos últimos -los días que no serán recordados por nada extraordinario- hay días curiosos, esos días en los que en algún momento dices ¡vaya día! sin que eso signifique gran cosa.

El día nº 65 de nuestro viaje hacia el sur, fue sin duda uno de esos días.

Amanecimos “encerradxs” por lluvia selvática. La gente del lugar debe estar más que acostumbrada a ella, y por lo que han vivido desde la infancia saben que en algún momento parará. Para las que no estamos tan familiarizadas con este clima, la sensación de que no va a parar nunca aparece a los 2 minutos de tomar conciencia del grosor de las gotas que casi parecen chorros.

Por suerte, la lluvia abruma, pero no ahoga, o al menos en esta ocasión.

Cuando paró nos pusimos en marcha. Recorrer los 318 km que separan Villa Tunari de Santa Cruz pueden parecer el doble, según como se mire o según como se viaje. Tratamos de evitar los viajes nocturnos, por disfrutar los paisajes y por tranquilidad de nuestros cuerpitos y mentes ante la brusquedad (por no decir temeridad) de los conductores y la precariedad de las vías.

La decisión de viajar de día nos obligó a recorrer la distancia que nos separaba de la ciudad oriental en 4 medios de transporte. El viaje duró unas 8 o 9 horas.

En el primero, un carro parecido a un renault 21, viajábamos 7 personas, delante el chofer y un señor con su hijo, y atrás 4 personas armónicamente encajadas. Duró 40 minutos, así que fue llevadero y alegremente amenizado por villancicos, pura pre-navidad a 25ºC. Debimos cruzar al menos 3 ríos grandes en ese trayecto y no recuerdo cuantas motos con más de 2 pasajerxs nos adelantaron, en una de ellas llevaban a rastras varias hojas de palmera, tal vez para construir el techo de alguna casa.


En el segundo, de igual tamaño, solo fuimos 6, pero a mí me tocó delante compartiendo el asiento del copiloto con una mujer robusta como ella sola, así que al cerrar la puerta sentí el empujón que me dejó con una pierna en el asiento y la otra en el freno de mano. Cuando el chofer paró en una gasolinera para poner gas al carro (en esta zona los carros son híbridos, circulan con gas y gasolina), decidí pasarme al maletero junto al tanque de gas. Lo bueno de ir atrás es que el campo de visión por la ventana posterior es mayor (o menor, dependiendo de lo oscuro que sea el plástico que pegan a la ventana para oscurecerla).


 

En el tercero tuve más suerte y me senté atrás (ya iba aprendiendo cómo funcionaba el asunto), así que fuimos 3 delante y 3 detrás, me pareció comodísimo, oye. Esto me permitió disfrutar más del paisaje. De repente un atasco, resulta que un accidente había taponado la carretera; fue un espectáculo ver como decenas de coches se metían por charcos, caminos y solares con la intención de atajar en el atasco o de estar en primera fila para ver el desastre. El embudo que generaron fue bárbaro e intuyo que el morbo quedó insatisfecho para la mayoría.

Y el cuarto fue una combi, una de esas furgos en las que caben 9 personas. Las intensas emociones de los trayectos anteriores, la tensión en el cuerpo por ir plegado junto a un tanque de gas, y tomar conciencia de que ya no tengo edad para esas cosas, me hizo dormir durante la mitad del trayecto, así que me perdí las conversaciones de David con su vecino de asiento, un tipo que había vivido 10 años en España y 15 en Argentina. Todo un personaje al parecer. En los ratitos que fui despierta (en uno de ellos me encontré en el escote una “raspa” de hoja de coca, porque el chofer iba mascándola y al tirar por la ventana algún trozo debió volar directamente a mi asiento) conté más de 10 Iglesias adventistas y vi cómo nos alejábamos de las estribaciones de los andes para adentrarnos en una planicie eterna.

Por fin llegamos a Santa Cruz, atravesamos todos los anillos (carreteras de circunvalación) hasta el 3º y encontramos un hostal, un poco sórdido pero sin frenos de mano, ambientadores con la bandera de EEUU o un tanque de gas como almohada.

Lo más curioso del día fue que después de un viaje así y los miles de kilómetros que llevamos recorridos por este continente, esta ciudad fue el lugar donde por nuestro aspecto podíamos pasar más desapercibidxs. Mucha gente de nuestra estatura y con nuestro color de piel, todo un mundo de contrastes en este país…

No podría decir ¡qué noche la de aquel día! Porque me dormí casi sin darme cuenta; mientras, la lluvia golpeaba nuevamente la ventana

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Bolivia III. También el mar, También la lluvia.


Por segunda vez en tres años, estamos encerradxs. El escenario es similar, un hostalito en una localidad selvática, con una diferencia importante, esta vez no estamos en Ecuador, sino en Bolivia, y con una gran pega, esta vez no tenemos hamacas. Más bien no las podemos disfrutar, porque no hay donde colgar las que tenemos en las mochilas, esas que compramos para el viaje en barco por el Amazonas y de las que hemos sido incapaces de desprendernos a pesar de querer aligerar equipaje, siempre a la espera de poder usarlas.

En esta ocasión la causa del encierro es la misma, también la lluvia.

Así que, mientras oigo llover a chorros, me dedico a pensar en el agua, en ocasiones abundante hasta el exceso, en otras ausente hasta la desesperación, pero siempre vital. Es esta característica la que hace que no haya dejado de generar conflictos, y lo seguirá haciendo cada vez más… Bolivia no se ha librado de los mismos.

Hace apenas 24h horas estaba a 2579 msnm y sorprendentemente me sentía ligera, llena de oxígeno y hasta con un toque de calor. Esto solo puede ocurrir habiendo estado previamente en un lugar como La Paz, donde los 4000 msnm, el viento frío que viene de los nevados y las cuestas infinitas te aplastan física y moralmente. Así que después de unos días en la capital, llegar a Cochabamba fue un regalo.

Un regalo por esa “bondad” de los 2500 metros, y porque fue emocionante llegar al lugar donde Icíar Bollaín ambientó y rodó la maravillosa película También la lluvia. En ella trata el conflicto que se dio por el agua en esta ciudad hace unos 15 años.

Ocurrió que, como parte del ahogamiento del capitalismo, el FMI forzó a las autoridades a subir el precio del agua. Esto sumado a la mala gestión, y en ocasiones desabastecimiento, hizo que algunas familias y barrios se organizasen para recolectar el agua de la lluvia y así garantizar su acceso a la misma. Bajo sugerencia o imposición del FMI las autoridades decidieron que eso no podía ocurrir, había que cobrarles también la lluvia, no se podían permitir que alguien escapase del sistema de consumo y burlase así las abusivas tasas. Esto generó importantísimas protestas sociales, el pueblo Boliviano siempre se caracterizó por ser muy guerrero.

El pueblo ganó aquella batalla, pero no la guerra. No debe ser casual que en cada país latinoamericano que hemos ido recorriendo, el agua embotellada más vendida sea la de coca-cola.

El problema del agua tiene un componente más en Bolivia, ya que el agua, además de ser vital para nuestros cuerpos, es una excelente vía de comunicación y transporte de mercancías. Así que, para un país, tener o no la posibilidad de comerciar por vía marítima, es determinante.

Bolivia tiene un mar de gentes, un mar de ladrillos en cada ciudad, un mar de nubes pegadas a las cumbres, un mar de sal, incluso un mar de lenguas y nacionalidades, sin embargo, no tiene salida al MAR. Podríamos pensar que la naturaleza es así, coloca a unos países en un lugar u otro a su antojo, pero la realidad es que las fronteras son algo arbitrario, y se desplazan hacia un lado u otro según los intereses y el equilibrio –o desequilibrio- de fuerzas en cada momento. Y así fue como Bolivia perdió el mar hace más de un siglo.

El mar de ladrillo

La historia dice que varias compañías chilenas explotaban la extracción de minerales en las provincias costeras de Bolivia, y que ante el intento de subida de impuestos por parte del Estado boliviano, decidieron apropiarse del territorio. Y así, con una guerra desigual -los recursos de Chile en la época ya eran bastante superiores a los bolivianos- el país que es pura costa, ganó un poco más, incluso un pedazo del Perú, al que luego devolvieron una pequeña parte.

Desde entonces, las relaciones entre Bolivia y Chile no fluyen con “normalidad”, Bolivia siempre ha reclamado ese pedazo que le robaron, y que por la riqueza de materias primas (minerales) de la zona, Chile se niega a devolver. El asunto está en los tribunales, La Haya ya se ha pronunciado a favor de Bolivia, pero las cosas siguen igual por el momento.

Mientras tanto, en muchas instituciones del país, además de la bandera tricolor y la del Estado Plurinacional, la bandera que reclama la salida al mar ondea en los balcones.
 
Parece que está dejando de llover, decenas de loritas y guacamayos lo anuncian a gritos, aprovechamos para seguir adelante, nunca se sabe cuándo regresará la lluvia.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Bolivia II. Alto, La Paz.

Me encanta ir al cine, y mis estadísticas dicen que con esta última película he pasado por taquilla 620 veces. Iba ser una película boliviana pero la taquillera finalmente me comunicó que como era el único para visionarla y además ésta era muy larga no merecía la pena proyectarla. Me ofreció la peli uruguaya que se emitía de forma gratuita dentro de un ciclo de este país, así que finalmente vi Mal día para pescar. Lo más importante no fue la película en sí, ni el número que hacía ésta dentro de mis cálculos, sino como fui y volví a la sala, era la primera vez que llegaba al cine sobrevolando casas, patios edificios y azoteas.

Dejamos atrás el Titiqaqa que en la zona boliviana tiene en ocasiones un color azul turquesa que no envidia al Caribe. Una vez cruzas un pequeño estrecho en gabarra, el altiplano empieza a coger forma. Avanzas sobre una planicie de la que no intuyes la altura hasta que el cielo te envía una fuerte granizada o hasta que divisas la hermosa montaña del Huayna Potosí que domina toda la zona con su espectacular glaciar.
Dejando el Titiqaqa
Después de atravesar kilómetros bastante poco poblados, se dibuja en el altiplano una masa enorme de color rojo. Una cuadrícula de calles de tierra con casas, talleres y fábricas de ladrillo a medio terminar o ya terminados con una cristalería y un colorido muy propio de esta Latinoamérica te hacen pensar que estas entrando en el famoso Alto y así es. En un terreno absolutamente plano a una altura por encima de los 4000m se encuentra esta mole de ladrillo rojo que no ha parado de crecer en los últimos 40 años. Impresiona ver un lugar tan falto de vegetación, de oxígeno, con sensación de extremo calor y frío a la vez y que, si no fuera por el poderío del bello nevado, es para salir corriendo.

El Alto con más de un millón de personas en su mayoría jóvenes y venidas del ámbito rural se ha convertido en una “ciudad” con un importante crecimiento económico y sobretodo se ha convertido en el látigo de las medidas neoliberales de anteriores gobiernos debido a su fuerte organización gremial, vecinal y estudiantil y a su origen mayoritariamente Aymara. En este mismo año 2015 ha sido declarada “Ciudad Revolucionaria, Heroica y Defensora de los Recursos Naturales”.

Y cuando la “ciudad” deja atrás sus calles de tierra y empieza a tener un aspecto algo más habitable, un pequeño cambio de sentido en medio del escalofriante tráfico te sitúa al borde de un hoyo, llamarlo valle no es demasiado preciso, ante tus ojos está La Paz.
Sin aliento

La orografía de la ciudad es un espectáculo, entre barrio y barrio de ladrillo no dejan de verse más y más montañas de todas las formas, alturas y que terminan desembocando en el faro de La Paz, el espléndido coloso de 6400m que es el Illimani.
 


 
 
 
 
 
La llegada a La Paz no se hace fácil, el sol durante el día y el frío en la noche son intensos, percibes la falta de aliento que a esa altura es evidente y el descanso a cada poco se convierte en necesario, sin embargo, cada vez que miras hacia arriba desde este hoyo te reconcilias.

Caminarla se convierte en un reto, las calles se empinan continuamente, son estrechas y abigarradas, llenas de puestos donde comprar de todo. Apenas dispone de avenidas por lo que el tráfico de taxis, combis y buses de transporte público congestionan cualquier lugar, además no existen los cedas, la derecha o cualquier norma de tránsito, salvo ir poco a poco introduciendo tu morro hasta no poder sacarlo.

No es una de las grandes metrópolis latinoamericanas y quizá por ello o por el alto porcentaje indígena, o por las dificultades de salir corriendo para el ladrón, se respira gran tranquilidad.
Palacio Legislativo

Centro histórico engañoso
Esperando a Evo
Pero lo más extraordinario de esta ciudad es moverse en su teleférico que no sólo te lleva y trae al cine sino que se ha convertido en la mejor opción para moverse por la ciudad. Es un placer flotar en esas cabinas donde familias indígenas viajan orgullosas y lxs paceñxs las abarrotan en hora punta. Descubres las diferencias sociales desde el aire, observas las fiestas familiares en las azoteas, descubres la estrambótica arquitectura de la ciudad y también su caprichosa naturaleza, y a la vez descubres como el sol se pone por El Alto y termina de iluminar el Illimani. Posiblemente no sea La Paz una de las capitales latinoamericanas más habitables, pero este medio de transporte ha mejorando las condiciones de vida de la población de forma extraordinaria y ha hecho las delicias nuestras en los últimos días.
 
 
 




miércoles, 2 de diciembre de 2015

Perú-Bolivia I. Titiqaqa.

Aunque rozamos los 16º sur, nunca me he sentido tan en el centro del mundo, y como todas las culturas han reivindicado el centro de la tierra en su entorno, también puedo decir que de aquí salieron Manco Capac y Mama Ocllo para crear el Tahuantinsuyo o gran imperio inca. Pero realmente mi sensación de estar en ese punto tan central no tiene nada que ver con esto de los imperios.

Me encuentro por encima de los 4100m apoyado sobre las piedras del rústico templo erigido a la Pacha Mama (Madre Tierra). Desde aquí puedo divisar otro promontorio destinado a la Pacha Tata (Padre Tierra) y después todo lo que me rodea es agua. Un agua de color azul intenso, ahora quieta pero que en ocasiones impide la navegación por ella. Si alzo aún más mi vista, hasta donde el agua alcanza, siempre veo montañas, inmensas debido a que su base ya supera los 3800m. Algunas de ellas continúan elevándose hasta teñirse de blanco y formar una hermosa y continua cordillera que los mapas separan así, a mi izquierda son peruanas, a mi derecha bolivianas. De igual manera las diferentes islas y pueblos que alcanzo a ver unos son quechuas y otros aymaras. Todo ello conforma uno de los lugares más hermosos de la tierra, el Titiqaqa o Monte puma para los que no entienden lengua quechua.
 
 
 
 

 
 
 
El lugar donde me encuentro es el punto más alto de la isla Amantani, con un cielo azul infinito que delimitan las nubes que coronan las montañas que rodean el lago y con un sol irreverente que calienta las chacras de papas, ocas, habas, choclos… a la espera de las primeras lluvias de la temporada. La isla tiene diez comunidades que habitan las zonas bajas mientras que los terrenos altos son destinados al cultivo, desafiando pendientes, quebradas, altura y la consecuente falta de oxígeno.

Pero lo más hermoso de este lugar o más bien diría lo más abrumador del lugar, es su silencio, la paz que envuelve todos sus recovecos, oyes el viento, los pájaros, el zumbido de los insectos, el sobrevuelo de la gran cantidad de libélulas. El ruido de los carros se ha sustituido por el lento caminar de lxs indígenas hacia la chacra entre los laberínticos caminos limitados por muros de piedra que en casos desafían la gravedad.
 
 

 
 
 
 
 
 
Vivir aquí durante cuatro días es una experiencia única tanto humana como natural, no importa estar en una pequeña isla, que la comida vegetariana sea reducida y no cambie en exceso, que el sol te aplaste en el día y el frío te entumezca en la noche. La recompensa es la tranquilidad, la vida simple pero rica, una alimentación natural hecha en cocina de leña por sabias manos, el compartir con nuestra familia de acogida desde pelar papas a la luz de las velas a conversar sobre la interpretación de los sueños en un banco de piedra mientras el sol se desvanece, el escuchar su hablar pausado y cálido, el disfrutar de un baño en las aguas frías pero cristalinas del lago mientras se riega la chacra o se pasa la tarde en ella sin más, el disfrutar de ese cielo estrellado sobre tu cabeza, de ese calor indígena. Estás en el paraíso más cercano al sol, estás en el lago, estás en el lugar. Y como dijo Lucía la única persona non grata aquí es Haneke, el único que puede convertir este paraíso en un infierno.
Asamblea en la plaza
 
 
 
 
 
 
 
Y para terminar nuestra experiencia con este mítico y místico lago, y ya en su orilla continental boliviana, nos despidió con una tormenta eléctrica de enorme belleza y que nos hizo pasar una linda cena a resguardo en un camión-furgoneta (hecha totalmente a mano) de unos argentinos que recorren el continente y que nos hizo sentir tan de cerca el latinoamericanismo.
Gracias Titiqaqa.  


Gracias Beatriz y Osvaldo