viernes, 20 de marzo de 2015

Ecuador LXXXI. ¡Al ladrón, al ladrón!



Cómo nuestra vida aquí es bastante tranquila y no nos estamos dedicando a viajar mucho, no tenemos tantas cosas para contar.
Sin embargo, la naturaleza (humana) hoy nos ha proporcionado una historieta interesante…

Resulta que aquí en Bahía los atardeceres son bastante bonitos, los pelícanos se activan, el sol se pone por el mar entre las nubes y la vista es hermosa. Hoy además, cuando bajábamos para dar el paseito de rigor, el vecino nos dijo que con el aguaje las olas estaban saltando por el malecón, así que David se subió a por la cámara.

Decidimos sentarnos en una torreta de vigilancia que hay en el propio malecón. Estás casi encima del agua y el tejadillo te protege del sol, un sitio estupendo para controlar la playita. Y como tortolitos andábamos hablando sobre las mareas y las fases de la luna cuando, ups! Noto una mano entre nosotros. Antes de mirar, mi mente piensa que algún conocido nos está saludando, me giro, y veo un tipo corriendo, con nuestra bolsa en la mano, y mi mente trata de ver que “coleguita nuestro” es.

La falta de costumbre hace que tardemos en reaccionar, las escaleras que nos separan del suelo que tardemos en bajar, y las chanclas que tardemos al correr, así que cuando llegamos a la calle por la que se metió el tipo, nada, nada de nada…

Un hombre que va en moto nos ve agitadxs y nos pregunta, le contamos y le describimos al tipo, y dice que va a dar una vuelta, David sigue corriendo, y yo le pregunto a una señora, y ésta a otra y de repente me veo subida en una camioneta, de gente que no conozco, a la caza del ladrón mientras les digo que no, que no era negro, y que no vi cómo se fue, sólo que llevaba una camiseta de rayas, gorra y pantalón corto (como la mayoría de tipos de 30 años en la costa ecuatoriana…). Mientras damos vueltas me dicen que si hubiéramos gritado “al ladrón” o cualquier cosa la gente habría reaccionado rápido, o se habrían fijado en el tipo…

Después de 15 minutos me rencuentro con David, uno vio que dos tipos iban “volados” en una moto tipo “panadera” y el conductor con casco rojo. Mis nuevxs amigxs de la camioneta nos llevan hasta la comisaría para poner la denuncia. Allí nos encontramos con el Sargento X, que nos dice, lamentablemente estamos bajos de personal  y ahora no pueden poner la denuncia, si quieren damos un paseo para mirar. Ante nuestra petición de que comuniquen la descripción del tipo a otras unidades, otra vez “lamentablemente” no tenemos otras unidades disponibles…

Total, que acabamos apatrullando la ciudad una vez más, pero esta vez en un carro de policía, con las luces puestas y la radio con bachata a tope. Los bajos del carro van dando en los resaltes de las calles, en el segundo raspón el sargento X nos dice que el presi ha comprado carros muy bajos. No me quiero imaginar una persecución con prisas…acaban con agujeros para empujar como los picapiedra…

Y así vamos por calles de tierra, llenas de motos, como  si los tipos fueran a estar tranquilamente esperando nuestra llegada, y lo peor, con la sensación de estar más inseguros dentro del carro que fuera, pues da la sensación de que en esos barrios la policía no tiene la menor credibilidad y llegar en coche patrulla no es la mejor carta de presentación.

Después de un lindo paseo, por los barrios rojos en los que teóricamente los objetos robados se canjean por droga, nos quieren llevar a casa. Nosotrxs por no montar escándalo y para airearnos un poco (creo que allí dentro me picó una pulga, y tenía necesidad de salir de ese carro…) les decimos que nos dejen a mitad de trayecto y volvemos caminando.

Regresamos a casa con la cabeza gacha mientras vamos procesando que es la segunda cámara de fotos que aportamos al “PIB ecuatoriano”, recordando qué fotos hemos perdido, y pensando cómo conseguir que os imaginéis ese atardecer sin ver la foto robada… ¡belleza!

¿Qué hubiera pasado si hubiéramos gritado “¡¡al ladrón!!”, o si hubiera tenido una cerbatana?


Mientras escribo estas líneas, no escucho bachata, escucho el padrenuestro cantado por un cura español, que según dicen lxs vecinxs se parece bastante a David. Resulta que en la puerta de nuestra casa han puesto un altar del viacrucis. Y eso me hace pensar que el tipo que nos robó no debe ser católico, pues en mi ignorancia, yo pensaría que los únicos católicos que incumplen el famoso “no robarás” son la clase dirigente española.

Como dicen aquí, a ver si diosito nos ayuda y encontramos la cámara a precio de ganga en el mercado de lo robado…

domingo, 15 de marzo de 2015

Ecuador LXXX. Sentirse en casa.



Hemos pasado casi una semana en la sierra entre Ibarra y Quito. Es bonito volver a las dos ciudades que nos acogieron inicialmente en el Ecuador y en las que tenemos grandes amigos. En esta ocasión la visita a Ibarra significó la despedida de los Gari-Langa (imposible pensar Ecuador sin ellxs tres), y aunque es bastante triste  ver ese Africarte convertido en expendedor de salchipapas, siempre es un placer volver a recorrer esas plazas y esos lugares que nos han marcado tanto.


Por otro lado está Quito, ciudad que se ha convertido casi en nuestro Madrid, cercana y sobretodo hospitalaria debido a nuestrxs amigxs Henar y Lucas. Es un gusto pasar con vosotrxs largas sobremesas hablando de reconstruir la urbanización planetaria y de la RC.

Un gusto

Y después de esto, agarramos un bus que descendió los Andes camino a la costa. Son casi ocho horas de viaje donde las curvas agotan pero revelan un cambio maravilloso de paisaje. En esta ocasión no pudimos llegar de manera directa así que a una hora de Bahía cambiamos de transporte. Rápido, movilizamos mochilas, lámpara, licuadora... (ya viajamos como los lugareños que vuelven de la capital con todo lo necesario) de un bus a otro y tras tomar asiento en este último, nos sentimos como en casa.


Un autobús donde el reggaetón, la cumbia y las últimas novedades latinas a volumen exagerado, compiten con el ruido del aire que penetra por cada ventana e incluso por la puerta delantera donde el cobrador vocea sin parar las siguientes paradas. Un pasillo que se convierte en improvisada pasarela por donde no deja de entrar y salir gente de carne prieta, de gran volumen para lo acostumbrado (la dieta del verde en la costa tiene repercusiones), de pies descalzos y uñas escrupulosamente pintadas, de torsos desabotonados y amplios escotes que ayudan a no sofocarse en este caliente invierno. Sean bienvenidxs al calor, estamos en la costa y aunque llevemos poco tiempo, uhmmm es como llegar a casa.


Mientras se produce este vaivén interior, fuera atravesamos lomas y más lomas donde el verde ganó la batalla por estos meses, y donde el hombre doblegó a la naturaleza. Cultivos y zonas de pasto rivalizan con la estrella de la zona, “las camaroneras”. Se atraviesan pequeñas comunidades que relajan el espíritu, la forma tranquila de caminar de su gente  al borde de la carretera, las tertulias improvisadas bajo cualquier sombra y esas casas de caña de bambú o de bloque que se elevan sobre el suelo para que bajo ellas se mezan las hamacas, definitivamente te hacen sentir bien.


El autobús divisa Bahía a lo lejos, es al final del estuario del río Chone, haciendo frontera con el inmenso Pacífico, y como si de un embudo se tratase, te acercas y acercas hasta que lomas y río cada uno por una margen te obligan a desembocar sin remedio en nuestra ciudad, Bahía de Caráquez. Ahí está, en una pequeña punta que señala hacia el Pacífico, rodeada de océano, río y lomas. Un lugar alejado geográficamente pero cercano emocionalmente, mezcla de pueblo y ciudad, mezcla de turistas nacionales de clase acomodada y esforzados pescadores, mezcla de torres de apartamentos y casas de madera y soportales, mezcla de bolón de verde y pizza de camarón, mezcla de agua dulce y salada, en definitiva un lugar con sabor costeño pero con la tranquilidad de un malecón desde donde divisar la puesta de sol y con una relajante playa donde bañarse a la vez que pelícanos y fragatas luchan por su supervivencia.


Bahía desde el suelo
Bahía desde el aire










 
Esta es nuestra nueva casa, a la que nos hemos acostumbrado muy fácil y muy rápido.


Además somos el cantón Sucre y vivimos en la calle Bolívar, qué más se puede pedir.   

UHHHH !!!!

domingo, 1 de marzo de 2015

Ecuador LXXIX. Ya no soy “La Doctorita”.


Estamos de cambios, de cambios completos, como ya decía David, han cambiado nuestros paisajes, nuestra alimentación, y fundamentalmente, han cambiado nuestras rutinas. Para mi, desde hace tres semanas, ese cambio ha sido trascendental.


Tras muchas dudas de qué trabajo elegir, me lancé a lo que ya tenía en mente desde hace meses,  un pequeño cambio de sector, pues aunque sigue en relación con la sanidad, he cambiado la parte asistencial, por la docente, pero con un formato que para mi resulta más cómodo y estimulante.


No me veo dando clases a un aula llena en la universidad, tampoco me veo haciendo de coordinadora de nada, con reuniones, papeleos y mucha mano izquierda. Sin embargo, aunque me acojonaba un poco, me pareció interesante ayudar a formar a medicxs que están haciendo mi especialidad, porque me obligaría a estudiar y estar muy actualizada (cosa que perdí el año pasado) y porque podría servir para un intercambio de visiones y actitudes. Y lo más importante, porque me parece muy bonito y un privilegio poder colaborar en la formación de las primeras grandes promociones de especialistas en Medicina Familiar y Comunitaria en este país, donde se está haciendo un gran esfuerzo por tener una gran plantilla de Medicxs Familiares (hasta ahora había unos 250 especialistas).


Para ello me ha tocado adaptar mis “expectativas” un poco.


Para mí, calidad de vida es poder ir caminando al trabajo, pues bien, al elegir Bahía como lugar de residencia, me toca hacer 100 y 150 kilómetros para llegar a los lugares donde trabajo. Esto se hace bastante soportable porque esos viajes los hago con un chofer que ha sido uno de los mayores descubrimientos en la zona. El man (como dicen aquí a los hombres) es un fuera de serie, habla sin descanso, anécdota tras anécdota. Parece que sabe de todo y lo ha vivido todo. Así que en los viajes me dedico a aprender cosas de los alrededores, desde los terribles efectos del fenómeno del niño en 1997 y el terremoto de 1998, al funcionamiento de las bandas de delincuencia organizada de Manabí,  a las tradiciones en los entierros en esta zona, y mil cosas más. Una suerte haber coincidido con mi amigo Washington.


Los viajes tienen otro aliciente (o compensación por las dos horas de ida y dos de vuelta) y es que una parte de los mismos es entre arrozales, plagados de garzas y otras aves, y surcados por canales en los que siempre hay familias bañándose usando palmeras como trampolines. La otra parte es entre lomas que deben pasar 8 meses al año grises y secas, pero ahora, gracias a las lluvias del invierno están verdes, verdes las Ceibas, verdes las matas bajas y verdes los Guayacanes que por la tarde abren sus flores amarillas. Un espectáculo. (Aunque aún recuerdo ese Cayambe poderoso por las mañanas y ese Imbabura coqueto cambiando de aspecto a cada ratito).


La gran ventaja de este trabajo (aparte del trabajo en sí) es que la universidad me contrata por 20 horas de tutorías, así que aquí si cumplo otra de mis premisas de la calidad de vida…trabajar “poco”. Realmente no trabajo poco, dedico otras 20 horas semanales (o más) a trabajo en casa, pero eso ya es en casa y puedo organizarme cómo quiera. Como era de esperar, trabajando aparentemente menos se cobra menos, y por eso yo he pasado a cobrar la mitad que el año pasado. Esto no supone un problema, estamos aprendiendo a decrecer en todos los sentidos. El problema es que como aquí no es raro empezar la casa por el tejado, llevo tres semanas trabajando sin que aun esté aprobada mi contratación…me prometen, me dicen, me dan largas…y yo que estoy aprendiendo a ejercer más la paciencia y me gusta lo que hago, espero y espero.


Me gusta lo que hago, mi trabajo consiste en supervisar, aconsejar y orientar el trabajo y estudio de lxs residentes. La mayoría son mayores que yo y tienen más experiencia laboral, pero tengo algunas cosas que aportar. Lo del enfoque bio-psico-social lo tengo mamado y bien asumido y la sensibilidad y empatía por suerte aun no las he perdido!! Así que, el resultado es un lindo intercambio.


Debo decir que, después de lo visto el año pasado, lxs residentes me han sorprendido gratamente, tal vez porque están en su segundo año de especialidad (y les dan caña) o porque han sido lxs mejores en una prueba de acceso. Por suerte, en este país nuestra especialidad no es la última en elegirse, y estoy segura que en cuanto salgan las primeras hornadas serán motivo de “orgullo y satisfacción” de toda la población.


A pesar de las jerarquías y formalidades de este país, casi la mitad de mis residentes me llaman Lucía y así me presentan a lxs pacientes, así que he dejado de ser “la doctorita”, ellxs no.



Y para acabar, os dejo la postal que admiro cuando termina mi jornada laboral, y regreso a buscar al magister con mi amigo “Guachito”.










PD: os debo la foto de los arrozales y las maravillosas ceibas.