lunes, 9 de febrero de 2015

Ecuador LXXVI. Ashata Kaskaman, Yupaychani.

La estancia es de adobe con pequeñas ventanas que apenas permiten entrar la luz, en ella unas literas con varias cobijas muestran que podría tratarse de un dormitorio, pero también una pequeña cocina de gas y la refri muestran que podría tratarse de la cocina. Entre ambas una mesa y unos bancos algo viejos sirven y han servido para pasar muy lindos momentos de nuestra etapa serrana. La mesa sirvió para mi primer contacto con la matemática ecuatoriana pero también para disfrutar de la comida indígena. Tubérculos de todas las formas y colores, fréjoles, habas y demás granos me acompañaron además de los ricos pedazos de pollo, el gran cuy y la coladita.

Esa mesa sirvió para conversar, para intentar entendernos desde mundos y realidades tan diferentes pero sobretodo para notar el calor y el cariño mutuo. Esta estancia es la principal en casa de la familia de Olguita (la llamo así porque ella es la matriarca), detrás de sus gafas doradas se esconde una mujer luchadora, emprendedora y orgullosamente kichwa.

Nunca olvidaré la frase que me recibió por primera vez esa habitación, “perdone la pobreza” cuando debí contestar “entonces, bienvenida la dignidad”.

Y frente a la mesa está una pequeña puerta por donde aparece la luz, por donde se vislumbra un maravilloso entorno montañoso (que en estas fechas se cubre de verde) y que muestra Ibarra allá, allá abajo.

Este lugar está en la Comunidad de San Clemente, parroquia de La Esperanza, es un lugar inspirador, te traslada a un mundo diferente al nuestro, donde la vida, el trabajo y el tiempo no es marcado por un reloj analógico, donde ante el rigor de la naturaleza y bajo una intensa tormenta recoges día a día las vacas con un cráter como telón de fondo, donde uno a uno vacías los fréjoles de su vaina, donde las manos se te encallecen de restregar la ropa en la piedra bajo el agua helada..., no obstante, en ocasiones no faltan las parabólicas o las computadoras internetizadas.

Me gusta observar su día a día (seguro que algo diferente cuando aparezco yo), como se hace la comida, como se recoge el grano o la papa previamente (lo que la temporada ordene), como el cuy se lleva desde el corral y como después de un uso certero del cuchillo se le pela calentito después de pasarlo por agua hirviendo para que esos pelos salgan sin problemas. Un agua hirviendo que llegó a este estado gracias al fuego de la tulpa. Todo cuesta trabajo, todo lleva tiempo, el suficiente para tomar conciencia de muchas cosas. Tan lejos de nosotrxs, tan cerca de la tierra.

Y en este maravilloso lugar hemos pasado últimamente un par de ratos haciendo bloques de adobe, pisando tierra, agua y paja que en un futuro esperamos formen parte de esa nueva estancia que nos haga disfrutar con el mismo calor de siempre. Un calor que echaremos de menos, aunque literalmente no nos haga falta aquí en la costa, por ello Ashata Kaskaman, Yupaychani.

 
Aquí deberíamos decir Ashata Kaskaman, Yupaychani

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