jueves, 12 de mayo de 2016

Cuba-España I. Acordes



Ocho horas de vuelo no son ni mucho menos las que separan dos continentes, por lo que son insuficientes para poder asimilar el destino.

Han sido 1003 días en l’América, 206 viajando por el subcontinente sur y haciendo casi los mismos kilómetros que una vuelta completa a la Tierra por la línea ecuatorial. Demasiado para que la cabeza asimile de golpe y porrazo la entrada en la vieja Europa.

Aún con las chanclas puestas, 7ºC nos reciben, hielan, se frenan los estímulos externos que tanto tiempo nos acompañaron y quedan sustituidos por el caliente cariño de familia y amigxs. Acabamos de finalizar un curso vertiginoso de vida que en condiciones normales serían lustros y al que le faltan los créditos de procesamiento y asimilación. El atractivo de lo desconocido es sustituido por una realidad conocida aunque algo ajena. En ella entiendes lo que se te comunica, pero lo complicado es comunicarte tú, buscas complicidad en los que hasta hace poco eran tus vecinos, pero ahí, también hay distancia. Vuelves al que es tu mundo, pero ahora te queda pequeño, porque tu cabeza ha quedado dividida en muchos mundos.

Ha sido mucho lo vivido y sobretodo lo aprendido. Algún día seremos capaces de valorar esta maravillosa experiencia en la que entendí tristemente, que globalización no es una mera palabra sino una realidad absolutamente enraizada hasta en el lugar más recóndito, en la que me di cuenta de la pérdida de mucho más que un hombre en el Churo, en la que sentí que selknam o waoranis eran una esperanza que logramos someter, en la que fui consciente que Galeano no sólo es actual sino que será eterno, en la que aprendí a apreciar lo hermoso de la naturaleza y la sencillez de la vida y en la que no pude tener mejor compañera de viaje y reflexiones. Ya no somos los mismos.

En estos primeros momentos de la vuelta, me agarro al salvavidas, por dos veces, que me proporcionan los acordes de Silvio. Me transportan por horas a una realidad que nunca volverá, y con gran emoción me turba pensar en esos años de Revolución que fueron capaces de provocar tamaña poesía y virtud en un hombre pequeño como éste y que tanto han influido en mí. Son instantes en los que ambos continentes vuelven a acercarse.

Y con esos acordes sueño, y también sueño en tener entre mis manos l’América, convertida en libro. Y sueño en disfrutar su lectura en aquel sillón que se mece en el soportal verde, sobre las infinitas eses del Shiripuno, en los surcos de papas que esperan el deshielo andino, tumbado en la hamaca que se mueve al ritmo en que las estrellas giran alrededor de la amazonía, desde la cima más alejada del centro terrestre, frente al vuelo rasante del pelícano en una costa que se estremece al maldito 7,8 u observando la figura de caballito de mar que Isabela me proporciona.
 
En fin, espero disfrutar de su lectura en este nuevo día a día, en una banco cualquiera de una plaza de la Elipa, mientras una otavaleña se sienta a mi lado y un tucán nos observa frente a nosotrxs.

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