jueves, 4 de septiembre de 2014

Ecuador LXIX. En la cama del Presidente.



Los Andes son una cadena montañosa que recorre toda América del Sur y en la que se encuentran los volcanes más altos del planeta. Es dudosa la etimología española que asocia el origen del nombre a la palabra andén, aunque es cierto que varias personas nos han dicho y hemos constatado que tienen esa forma, encontrándose dos cordilleras una oriental y otra occidental y en medio de éstas un prolongado valle.

Hace unos días hemos transitado ese maravilloso andén para dirigirnos a un lugar muy hermoso, una caldera rellena de agua a casi 4000 metros llamada la laguna de Quilotoa. El viaje es un espectáculo, subes, subes y vuelves a subir dejando la avenida de los volcanes ecuatorianos a veces a tu izquierda y a veces a tu derecha. Como estamos en época seca en la sierra, los cultivos que se agarran hasta lo más alto de las montañas están de color amarillo lo que contrasta con el verde de los pinares y el ocre de los pajonales del páramo. Por primera vez viajamos por una carretera a tanta altura y en esos momentos sí recuerdo las imágenes que el Perú andino me dejó; comunidades indígenas viviendo en zonas altas y frías que transmiten la dureza de sus vidas. Es un paisaje lleno de quebradas, sinuosamente bello e inhóspito a la vez.

¡¡Ay!!, este país cuanto más lo conoces más te maravilla.

Nuestro destino para visitar la laguna de Quilotoa es la Hacienda de Tigua, allí nos alojaremos y pasaremos un par de días antes de la partida de Marco y Joana. Tigua es un área de pequeñas comunidades indígenas en la provincia de Cotopaxi  que se ha hecho famosa por su pintura de acrílicos en el cuero de los borregos. En ellas plasman su historia y su cultura de forma naif. 
Pinturas de Tigua
Y aquí, en esta zona poco poblada y sólo por pequeñas comunidades indígenas, de paisajes fríos pero que con el sol se vuelven maravillosamente bellos, se sitúa la hacienda. Cuando llegas pareces entrar en una telenovela de esas de sobremesas estivales, dos chicos (que luego sabremos que son hijos de los hacendados o más bien de la hacendada porque el marido ha fallecido recientemente) nos reciben con su sombrero, sus botas de montar, su camisa de cuadros y un bigote que completa un disfraz que descubriremos no es tal. Después conoceremos a los otros dos hijos de la familia, también con sus botas, su sombrero, su camisa de cuadros y su bigote. A mí también me devuelve el lugar a la película de los Santos Inocentes. Pero joder, qué podía esperar, es una hacienda, con sus hacendados, su mayordomo, sus trabajadores indígenas y evidentemente sus vacas, sus caballos, sus burros, sus patos y en este caso, que estamos en los Andes, sus llamas y sus alpacas. La pobre viuda nos cuenta que en la zona sólo quedan dos haciendas, la suya y la de un tal Guillermo Rodríguez Lara “el bombita”, general ecuatoriano que protagonizo un golpe de estado en los setenta, parece que las reivindicaciones de tierras de los indígenas en los ochenta no pudieron con estos dos, normal  “su marido había conseguido aquello a base de trabajo y del amor por sus indígenas”.



La familia termina siendo amable y hacen un seco de borrego para cenar en esas noches frescas bastante rico, sin embargo no acabas de retorcerte en tu cama de turista cuando conoces al indígena que con sus niñxs pequeños viene a ordeñar las 180 vacas del hacendado cuando el tiene únicamente una en su casa. ¡Ahí está una clase práctica de lo que son las clases sociales!. Siendo benevolente puedo entender que uno piense que sus antepasados compraron aquello y que después le ha tocado administrarlo y quiere seguir viviendo bien, pero admitir la normalidad y la justico de eso, por ahí no paso.
Vida de pequeñxs
Vida de mayores











En estas conversaciones y otras estamos, cuando la señora nos dice que a ellos los hacendados el presidente les llama pelucones, pero que ellos son distintos y por eso Correa les ha visitado en alguna ocasión haciendo noche en esa misma habitación donde voy a dormir después.

Así que, duermo en la cama donde durmió Correa, pero duermo pensando en todas estas contradicciones, en la lucha de clases, en el efecto del turismo, en las fuentes de ingresos de una zona casi olvidada, en la cara de esos guaguas de apenas 5 años que ordeñan las vacas con un frío terrible y llenos de mocos y mugre, en la prepotencia del hacendado cuando se dirige hacia su mayordomo, en la forma tan diferente en la que se dirige hacia sus huéspedes y finalmente dejo de pensar para terminar soñando con ese cráter lleno de agua a 4000 metros de altura que me espera al día siguiente, que intentaremos rodear y descender pero que el granizo nos lo terminará impidiendo.

Quilotoa a los pies

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