martes, 18 de agosto de 2015

Ecuador C. Escenas.

 
Hace un par de días asistí con pocas horas de diferencia a distintas situaciones que por sí solas quizá no sean más que pequeñas anécdotas, pero que juntándolas pensé que de alguna manera representan muy bien parte de lo que es Ecuador. En estas diminutas historias pude percibir características de este pueblo aparentemente contrapuestas pero que conforman la personalidad del mismo. Su individualismo y su solidaridad, su dificultad en el día a día y su sobrevivir cotidiano, la línea tan fina que separa la dignidad y la injusticia social, sus ganas de disfrute y su ruptura con clichés establecidos a pesar de su fuerte moral católica.

Escena 1ª: Venía de mí trotar y baño matutino en la playa cuando me encontré a María en su triciclo (bici-taxi) transportando los bidones de agua de 20 litros con los que recorre Bahía esperando la aparición de clientes. Como es habitual le acompaña alguna de sus muchas hijas. Hablamos brevemente debido a las dificultades de comunicación, pero aún así le expreso nuestra inminente partida hacia otras tierras. Su marido es Papo (nombre de pila) o mejor dicho Hassari Pal como lo bautizó Lucía en homenaje a “La ciudad de la alegría”. Es un sobreviviente diario, a veces diría que más bien es un superhéroe, igual se sube en un andamio a intentar arreglar un tejado, que se sube a pintar una fachada, él dice que su menudez le ayuda, igual hace de payaso en la entrada de un comercio para atraer clientes,  que te vende el agua o el queso en su desvencijado triciclo. Es un hombre de escasa cultura pero con buen corazón. Y apenas han pasado dos horas de mi encuentro fortuito con María cuando Papo vestido aún con su traje de faena lleno de pintura se presenta en la puerta de nuestro departamento. Después del saludo protocolario y pertinente de Don David y Doctora, nos pide 40$ que necesita urgentemente y que mañana dice nos serán devueltos de alguna manera.
Triciclo bahieño

Escena 2ª: Volvía de mi baño playero cansado por la hora de trote y tras despedirme de María alcancé el portal de casa. Junto a él me encontré al vecino de la tienda que me dijo que nos habían dejado sin luz ya que la compañía eléctrica ha cortado literalmente el cable debido a los impagos. No es dramático porque a estas cosas nos hemos empezado a acostumbrar, pero a la falta de luz se le suma la falta de agua ya que la bomba no puede subirla desde la calle hasta nuestro departamento si no hay corriente. Cuando los cacharros empiezan a acumularse en la pila y la sal y la arena pican en el cuerpo, bajo las escaleras para encontrarme con Ana, la señora encargada de nuestra casa y del pago de la electricidad, que vive contigua a nosotrxs y que es la madre del ladronzuelo. Sin demasiada preocupación (o quizá no destacando esta sobre otras muchas) me confirma su falta de dinero para el pago en el corto plazo y que por ello ha decidido engancharse a la luz del vecino, después de hablarlo con él claro está, como única opción. Con ella se encuentra ya el maestro electricista que con su pequeño playón (alicate) intenta desenmarañar un puñado de cables en la oscuridad del lugar, ante esta situación decido no seguir mirando. Ana es otra sobreviviente, trabaja unas 16 horas diarias los 7 días de la semana y posiblemente 365 días al año, no le llega para pagar la luz.
Ceiba resistente

Escena 3ª: El maestro electricista lo ha conseguido, en este país todo se consigue, y con la tranquilidad de tener asegurada la ducha para la noche, me dirijo a pasear por la playa, a disfrutar de un rico baño y de una linda puesta de sol. La marea está baja por lo que las extensiones de arena hacen las delicias de los que como yo salieron esa tarde. En una de estas veo a lo lejos los aspavientos de un hombre de mediana edad y varias personas a su alrededor. Este hombre continúa en su insistencia hacia los que nos acercamos y empiezo  pensar que una ballena puede encontrarse varada como hace tiempo atrás ocurrió en una playa cercana. Termino corriendo porque sus movimientos no cesan y casi que soy el siguiente en llegar a él. Sin embargo cuando me encuentro a su altura percibo que el problema no es una ballena sino sus dos hijos que se están bañando en la  desembocadura del río donde suelen crearse unas corrientes bastante fuertes. El hombre no debe saber nadar porque los guambras no se encuentran tan lejos y él continua con sus reclamos en la orilla. Ya hay dos personas con sus tablas de body surf en el agua y otro con un neumático gigante que apenas es capaz de alejarse un par de metros con su estilo de nado molinillo. Uno de los chicos llega a la altura de los muchachxs y los mantiene en su tablita hasta que una moto acuática los recoge. Son dos adolescentes de entre 12 y 15 años que salen con cara de susto y son recibidos por los desesperados abrazos y las lágrimas de su padre. Mientras el héroe es felicitado por sus panas, el corro de gente empieza a deshacerse, en ese momento llega el socorrista.
Pacífico aparente
 
Escena 4ª: Después del susto pero con final feliz, continué caminando por la playa hasta sentarme en unas rocas que en muchas ocasiones nos han servido para disfrutar de la puesta de sol. Hoy no será así, estamos en verano y eso es casi garantía de nubes por lo que no sabremos a ciencia cierta el momento en el que el astro desaparecerá por el océano, eso sí quince minutos después la noche será cerrada. Sin embargo tengo la suerte de asistir a una sesión de fotos de recién casados, ella traje blanco largo con corpiño en la parte superior, él pantalón bermuda azul y camisa negra, ambos descalzos porque la sesión en ocasiones es dentro del mar. Por su aspecto parecen serranos que han decidido celebrar el evento en tierras costeñas. Continua la sesión, sólo están ellos tres y dos fotógrafos que parecen más sus amigos que unos profesionales contratados. Pero la luz empieza a escasear y la brisa hace que refresque, ella decide terminar la sesión, ponerse sus chancletas rojas de goma y abandonar caminando la playa mientras se desaprieta el corpiño para sacarse el pecho y dar de comer a su bebe. Esta maravillosa escena pasa delante de mis narices, y con esa feliz imagen decidí irme hacia la casa donde ahora sí la ducha me esperaba.
Fragatas alimentándose
 


 
 
 
 
 

 
 
 
 

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